La Semana Santa de los Altares

 

Ya pasada la Semana de la Pasión de Cristo, estos días son de análisis en las distintas tertulias de amigos cofrades en las que se debaten muchas cosas. Muy diferente a la Semana Santa de 2020 (Gracias a Dios), pero evidentemente muy diferente también a esa Semana Santa que todos queremos volver a vivir.

Esta Semana Santa que hemos podido vivir, todos hemos sentido el amargo sabor de estar a las puertas de nuestra Capilla, templo, parroquia...etc, y que pareciese que era la hora, pero realmente no era esa hora. A pesar de ello, hemos visto en nuestras hermandades el trabajo con el que se han esmerado en ofrecer una visión profunda y cuidada de nuestros titulares en sus "días grandes".

 

Así llegó el Domingo de Ramos por la mañana en la Calle La Fuente, con el misterio de la Entrada triunfal en Jerusalén de Nuestro Padre Jesús. Altar muy próximo a los cofrades, casi a la altura de la vista, donde el espectador podía casi ser uno de los que acompañaba a Jesús el día de su llegada. Tras ello, en San Bartolomé se disponía un gran altar con bastante altura donde se ubicaban los tres titulares pasionistas de la hermandad. Nuestra Señora de las Angustias, Jesús Nazareno en el centro y Jesús Orando en el Huerto a su izquierda. Altar trabajado en cuanto a la cera dispuesta, aunque para muchos cofrades fue un altar que dejó que desear en tanto que la imagen de Jesús Orando en el Huerto no parecía disponer del protagonismo que se le presuponía en este Domingo de Ramos.

 



Este día finalizaba en la parroquia de Santa María con los altares de la hermandad de la Quinta Angustia. En emotivos altares se disponían las imágenes de esta hermandad, que por un lado disponía el misterio de la Piedad completo junto con los respiraderos de su paso. Por otro lado, Nuestra Señora de los Ángeles, ubicada en su altar habitual pero acompañada de más cera de la habitual y elementos de su paso de palio como la trasera del palio a modo de dosel, respiraderos y elementos ornamentales tales como las flores de cera del paso de palio. Ambos altares muy vistosos y cercanos al público, aunque se echó en falta un poco de organización relativa al Covid que si se cumplió en las demás iglesias.

 



El lunes santo en el Santuario de la Virgen de Consolación se vivió con la hermandad de los Muchachos de Consolación. Bella estampa con la Virgen de la Amargura a los pies del Santísimo Cristo del Perdón, como en imágenes de antaño. Cierto es que, a diferencia de los altares ya mencionados, en este se echaba de menos tener algo más de cercanía con el espectador puesto que los titulares se ubicaban alejados del paso de las personas en un año en el que precisamente la cercanía con las sagradas imágenes se necesitaba más.

 



El martes santo llegó a Utrera viviéndose en la Capilla del Carmen del Colegio Salesiano. La hermandad de los Estudiantes recreó al Santísimo Cristo del Amor y Ntra. Señora de las Veredas en el monte Calvario junto a María Magdalena y San Juan Evangelista. Fue una escena que sorprendió y gustó a los cofrades. Además, se dispusieron velas votivas con las que los que lo deseasen podían dejar su deseo, algo muy recurrente en los demás días de la Semana en otras hermandades. Aquí la cercanía con las imágenes si era adecuada y el uso del monte decimonónico gustó porque hizo recordar los exornos florales de siglos pasados.



El miércoles santo en Santa María se vivió con una estampa peculiar en la Capilla de San Pedro. En esta misma capilla se ubicaban al Señor Atado a la Columna y Nuestra Señora de la Paz, que en primera escena presidía la capilla. Olor peculiar el de esta bonita imagen de la Santísima Virgen que embriaga toda la parroquia el miércoles santo. Algo sencillo pero cercano lo que ofreció esta hermandad a sus devotos.


Llegó a Utrera el Jueves Santo que se vive intensamente en la parroquia de Santiago el Mayor. Antes, por la resolana a eso de las 5 de la tarde se abrían las puertas de la Trinidad para ofrecer a sus hermanos y devotos una preciosa estampa del Cristo de los Afligidos y debajo de él, Nuestra Señora de los Desamparados. Cercanía de nuevo la que ofrecieron en la hermandad en la estampa del jueves santo por la tarde.  Más tarde, en las distintas capillas de Santiago, se pudo observar la elegancia de los altares de las hermandades y de la asociación del Resucitado. La hermandad de los Gitanos se ubicaba en la puerta de la sombra, sobre una parihuela revestida con los respiraderos del paso del Cristo de la Buena Muerte. Aquí también se recreó el monte clavario, en el que Nuestra Señora de la Esperanza estaba a los pies de la cruz de su hijo. Como detalle, entre los elementos de la pasión representados, estaba un nuevo paño de la Verónica realizado por Paco Caro. A su vez, en la capilla del bautismo, se ubicaba la hermandad del Redentor Cautivo que se disponía a la altura de los ojos, muy cercano y solemne. Tras la imagen del Señor, en un pequeño paso se ubicaba con altura a Nuestra Señora de las Lágrimas con un aspecto bellísimo.






El Viernes Santo amanecía en Utrera en San Bartolomé, donde en esta ocasión si había un altar especial para Jesús Nazareno, el cual, aparecía cercano a los devotos. La virgen de las Angustias, en cambio, residía el altar en su punto más alto. De nuevo algo alejada esta imagen de la Virgen a sus devotos, aunque este altar si planteaba mayor importancia al día en el que se daba. En San Francisco, se dispuso durante toda la Semana Santa 3 altares distintos, uno especial para casa titular pasionista de la hermandad. Nuestro Padre Jesús Atado a la Columna aparecía cercano a los devotos y cofrades en un sobrio altar justo frente a la puerta de la Capilla, pudiéndose ver casi desde fuera. Se utilizó además el respiradero delantero del paso y sus candelabros. A sí mismo, Nuestra Señora de los Dolores aparecía bajo su techo de palio, algo único en estos altares de nuestra Semana Mayor, sorprendiendo a muchos cofrades. Peculiarmente, estaba mucho más cercana la Virgen a los devotos puesto que el palio estaba a una altura menor que cuando va sobre la parihuela del paso.






Se cerraba el viernes santo en Santa María, con el Santo Crucifijo de los Milagros, que también dispuso un altar durante toda la semana, de esos que a todo cofrade gusta. No sólo fue sencillo y solemne, sino que además se introdujo la imagen de la Virgen de la Concepción a los pies del Cristo de los Milagros, dándole mayor realce si cabe a la escena representada.



Finalmente, el sábado santo por la tarde se abrían las puertas de la capilla de San Francisco con la sorpresa que todo utrerano pedía. La Santísima Virgen de los Dolores aparecía vestida de solemne luto bajo el palio de Guipur y Azabache que tanto gusta a los utreranos. El Santísimo Cristo Yacente también fue una preciosa escena con la que muchos se sorprendieron, puesto que se disponía de una forma distinta y cercana a cuando esta sobre su paso. La guinda a una Semana Santa diferente se pudo deleitar en el Altozano en este sábado santo con el Santo entierro de Cristo.





No falto de sorpresas, el domingo de resurrección en Santiago apareció el Cristo resucitado en el altar mayor, junto con la bonita Virgen de la Estrella, y María magdalena. Una estampa idílica y nueva con la que se celebró el día más importante del año para el cristiano.

Igualmente, conviene destacar los altares para el Santísimo que se realizaron en la parroquia de Santa María de la Mesa y Santiago el Mayor puesto que fueron ejemplares, y desde estas líneas esperamos que sea el inicio de algo ya tradicional en cuanto a lo espectacular que fueron, recordando en cierta manera a los altares que se montaban para los Oficios en siglos pasados.


Una Semana Santa en la que no tuvimos que preocuparnos del cielo, pero si porque se cumplieran las normas sanitarias, y en la que muchos pudimos disfrutar de otra manera, la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor en Utrera.


Anexo documental:

Imágenes de Pablo Anaya y Rafa Peña.

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